El verdadero milagro


Cuando Bankei estaba enseñando en el templo de Trymon, un monje Shinshu, que creía en la salvación a través de la repetición del nombre del Buddha del amor, estaba celoso de su gran audiencia y quería tener un debate con el.
Bankei estaba en el medio de un sermón cuando el monje apareció, pero creó tanto revuelo que Bankei dejó su discurso y preguntó a que se debía todo aquel ruido.

- El fundador de nuestra secta – empezó el monje – tiene tales poderes milagrosos que puede mover un pincel a un lado del rio, y escribir el sagrado nombre de Amida sobre un papel sujetado por un ayudante en la otra orilla. ¿Puedes tu hacer semejantes cosas?

Bankei respondió tranquilamente:
- Quizas tu maestro sea capaz de hacer semejante truco, pero ese no es el camino del Zen. Mi milagro es que cuando tengo hambre, como, y cuando tengo sed, bebo.




Cuento Tradicional Zen

Reiki en Hospitales de España



Telemadrid muestra como terapeutas trabajan con reiki en el Hospital Ramón y Cajal (España)

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Prosperidad


Un hombre rico le pidió una vez a Sengai que escribiese unos versos para la prosperidad de su familia. Un símbolo que pudiera ser pasado de generación en generación.



Sengai tomo una gran hoja de papel y escribió:

- El padre muere, el hijo muere, el nieto muere.

El hombre rico se enfadó muchíssimo:

- ¡Te he pedido que escribas algo para la felicidad de mi familia! ¿Porqué te ries de mi?

- No pretendía reirme de ti – explicó Sengai - Si antes que tu mueras lo hiciese tu hijo, esto te causaría gran dolor. Si tu nieto muriese antes que tú y tu hijo, a ambos os partiría el corazón. Si en tu familia, generación tras generación muriesen en el orden que he escrito, seguirían el curso natural de la vida. Yo a esto lo llamo prosperidad.



Cuentro Tradicional Zen

Caravana camellos


Una larga caravana de camellos avanzaba por el desierto hasta que llegó a un oasis y los hombres decidieron pasar allí la noche.
Conductores y camellos estaban cansados y con ganas de dormir, pero cuando llegó el momento de atar a los animales, se dieron cuenta de que faltaba un poste. Todos los camellos estaban debidamente estacados excepto uno. Nadie quería pasar la noche en vela vigilando al animal pero, a la vez, tampoco querían perder el camello. Después de mucho pensar, uno de los hombres tuvo una buena idea.



Fue hasta el camello, cogió las riendas y realizó todos los movimientos como si atara el animal a un poste imaginario. Después, el camello se sentó, convencido de que estaba fuertemente sujeto y todos se fueron a descansar.

A la mañana siguiente, desataron a los camellos y los prepararon para continuar el viaje. Había un camello, sin embargo, que no quería ponerse en pie. Los conductores tiraron de el, pero el animal no quería moverse.
Finalmente, uno de los hombres entendió el porqué de la obstinación del camello. Se puso de pie delante del poste de amarre imaginario y realizó todos los movimientos con que normalmente desataba la cuerda para soltar al animal. Inmediatamente después, el camello se puso en pie sin la menor vacilación, creyendo que ya estaba libre.



Cuento Traicional Sufí

Tiempo


Una vez Nasrudin le dijo a su hijo:
- Pídeme lo que quieras y te lo daré.

El niño muy emocionado, pues conocía la pobreza de su padre, le contestó:
- Te lo agradezco de todo corazón.
- ¿Puedes darme tiempo hasta mañana? Tengo que pensar.
- Muy bien – dijo Nasrudín – Hasta mañana.

Al día siguiente, el hijo fue a ver a su padre y le pidió un burrito.
- Ah no – le contestó Nasrudín – no tendrás el burrito.
- ¡Pero me habías prometido darme lo que quisiese!
- ¿Y no he mantenido mi palabra? ¡Me pediste tiempo y te lo he dado!





Cuento Tradicional Sufi

Nuestro estado natural


La inocencia es nuestro estado natural, antes de quedar oculto detrás de nuestra imagen de nosotros mismos. Cuando nos miramos, incluso con la intención de ser totalmente sinceros, vemos una imagen construida a través de los años, de capas complejamente entretejidas. Las líneas y arrugas que surcan nuestro rostro cuentan la historia de alegrías y tristezas pasadas, triunfos y derrotas, ideales y experiencias. Es casi imposible ver algo distinto en él.
El mago se ve a sí mismo donde quiera que mira porque su vista es inocente. No está nublada por los juicios, los rótulos y las definiciones. El mago sabe de todas maneras que tiene ego e imagen de sí mismo, pero no se deja distraer por esas cosas. Las ve contra el telón de la totalidad, el contexto completo de la vida.



El ego es el “yo”; es nuestro punto de vista singular. En la inocencia, ese punto de vista es puro, corno un lente transparente. Pero sin la inocencia, el foco del ego se distorsiona notablemente. Cuando creemos conocer algo — incluidos nosotros mismos —, en realidad estamos viendo nuestro propios juicios y rótulos. Las palabras más simples que utilizamos para describimos unos a otros — amigo, familia, extraño— están cargadas de juicios. La brecha enorme de significado que separa al amigo del extraño, por ejemplo, está llena de interpretaciones. Al amigo se le trata de una forma, al enemigo de otra. Aunque no traigamos nuestros juicios a la superficie, ellos nublan nuestra visión como el polvo que oscurece un lente.
Al no tener rótulos para nada, el mago ve las cosas siempre nuevas. Para él el lente está limpio, de manera que el mundo resplandece de novedad. En todo escucha la misma canción sutil: “Contémplate”. A Dios se lo podría definir como alguien que al mirar a su alrededor sólo se ve a si mismo — o misma — en todas las direcciones; en la medida en que fuimos creados a su imagen y semejanza, nuestro mundo también es un espejo.



Deepak Chopra
El Sendero del Mago

Electrones y acción vibratoria




Cada electrón en el Universo está en movimiento. Aun que una piedra o un árbol, o un mueble, pare­cen estar estáticos, cada átomo y cada electrón de los que integran esos átomos, tienen en sus centros una luz. Esta luz es la Llama triple de ese foco de vida y está vibrando. El número de pulsaciones por segundo es lo que determina la rata vibratoria de cualquier cosa. La acción vibratoria muy lenta es lo que hace aparentar que una cosa sea estática, pero con los instrumentos modernos vemos un objeto tan amplificado, que se puede ver su movimiento constante, fluctuando y emitiendo rayos de ondas luminosas, que es lo que llamamos radiación.
En un individuo, la acción vibratoria está deter­minada por su proceso mental y sensorio. Esto for­ma pulsaciones de energía, o sea rayos de luz que atraviesan los cuerpos inferiores, y que contienen un patrón que debe ser seguido o copiado por los electrones en su expresión individual.
El estudiante consciente llega a un punto en que tiene que, imprescindiblemente, dirigir consciente­mente el volumen y el movimiento de sus emocio­nes, o sea el patrón de energía para sus electrones obedientes, con tal precisión como regula el dial de su radio; el termostato de su aire acondiciona­do, de su homo o de su nevera.
La conciencia imperfecta es lo que hace que un pa­trón imperfecto produzca vibraciones muy lentas. Los electrones son obedientes. Esa es su caracterís­tica principal, y tratan de adaptarse al patrón que se les impone; por lo tanto la rata vibratoria de la per­sona es tan lenta que lo sitúa poco más o menos al nivel del animal. El hombre es superior al animal porque dispone de raciocinio, inteligencia y libre albedrío, para ma­nejar sus sentimientos, pensamientos y emociones. Esas son las tres dimensiones en que vive. Pero si él no aprovecha estas tres dimensiones, ni las domi­na, las gobierna, éstas lo dominan a él. Es como si no las poseyera. Entonces se coloca en un nivel in­ferior. El del animal.



Conny Mendez
Metafísica Cuatro en Uno

Sin miedo


Durante las guerras civiles en el Japón feudal, un ejército invasor podía barrer rápidamente con una ciudad y tomar el control. En una aldea en particular, todos huyeron momentos antes que llegara el ejército; todos excepto el maestro de Zen.
Curioso por este viejo, el general fue hasta el templo para ver por sí mismo qué clase de hombre era este maestro. Como no fuera tratado con la deferencia y sometimiento a los cuales estaba acostumbrado, el general estalló en cólera.

-¡Estúpido!, – gritó mientras alcanzaba su espada-, ¡no te das cuenta que estás parado ante un hombre que podría atravesarte sin cerrar un ojo!

Pero a pesar de la amenaza, el maestro parecía inmóvil.

- ¿Y usted se da cuenta?, – contestó tranquilamente el maestro- que está parado ante un hombre que podría ser atravesado sin cerrar un ojo?





Cuento Tradicional Zen

Si querés tener problemas... tenés problemas




Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados.
De repente, empezó a escucharse una voz que decía:

- ¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua.
Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos.

Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:

- ¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!



Ramiro A. Calle
Libro 101 cuentos clásicos de la India

Dos esclavos o dos Maestros




Una vez el sultán iba cabalgando por las calles de Estambul, rodeado de cortesanos y soldados. Todos los habitantes de la ciudad habían salido de sus casas para verle. Al pasar, todo el mundo le hacía una reverencia. Todos menos un derviche arapiento.

El sultán detuvo la procesión e hizo que trajeran al derviche ante él. Exigió saber por qué no se había inclinado como los demás.

El derviche contestó:

- Que toda esa gente se incline ante ti significa que todos ellos anhelan lo que tú tienes : dinero, poder, posición social. Gracias a Dios esas cosas ya no significan nada para mí. Así pues, ¿por qué habría de inclinarme ante ti, si tengo dos esclavos que son tus señores?.

La muchedumbre contuvo la respiración y el sultán se puso blanco de cólera.

- ¿Qué quieres decir? – gritó.

- Mis dos esclavos, que son tus maestros, son la ira y la codicia – dijo el derviche tranquilamente.

Dándose cuenta de que lo que había escuchado era cierto, el sultán se inclinó ante el derviche.



Cuento Tradicional Sufi